You are missing some Flash content that should appear here! Perhaps your browser cannot display it, or maybe it did not initialize correctly.

¿Qué hacer tras el fiasco del sindicalismo de pacto social? Construir el partido de la discordia social
Versión para impresoraEnviar a un amigoVersión en PDF

La brutalidad del ajuste del ajuste capitalista ha dejado aturdida y confusa a la población trabajadora que, sin grandes experiencias previas de combate radical, reacciona como puede. De manera explosiva a veces, como en la huelga de metro de Madrid o los controladores aéreos, o mediante desbordamientos parciales de los grandes aparatos sindicales, en el caso de los empleados públicos de Murcia o de Sevilla. Aunque son de prever nuevos estallidos sociales, de carácter local o sectorial, dada la desorganización reinante en general, CCOO y UGT cuentan con un cierto margen para sus embelecos. Sin embargo, a diferencia de etapas anteriores, como ocurrió cuando los pactos de la Moncloa, hoy los grandes aparatos sindicales, sobre todo CCOO, han visto descender sensiblemente su prestigio y crédito social.

Este es el momento en que diversas corrientes proponen la construcción de un “referente sindical alternativo”. Entre ellas están los apéndices sindicales de los separatistas vascos y gallegos, con capacidad de movilización en algunos puntos, pero no dispuestos a hermanarse con el “sindicalismo españolista”. Otro componente son diversas escisiones de CCOO y varias organizaciones anarcosindicalistas. Su implantación exigua las limita al impulso de concentraciones y manifestaciones. Entidades fuertemente ideologizadas, son realmente híbridos de sindicato y partido y no promueven ni una cosa ni otra.

 

Los nacional republicanos no fomentamos la afiliación a los presentes sindicatos, ni llamamos a abandonarlos, ni apoyamos la construcción de otros nuevos. La única organización estable en cuya edificación nos empeñamos es la de un partido revolucionario.

Pero no se trata de edificar ese partido en el sentido electoral tradicional y tampoco desde una óptica leninista. Descartamos las consignas impuestas por Lenin a los obreros que confiaron en la Internacional Comunista para que actuasen como simple medio de presión a favor de la estabilidad de la URSS y de su consecución de créditos occidentales: fetichismo sindical, parlamentarismo “revolucionario”, entrismo en los partidos socialdemócratas, frente único con los mismos e incluso apoyo “crítico” a sus gobiernos, etc.  Nos causa estupor que sus epígonos, tras décadas y décadas de fracaso de dichas consignas, sigan esperando algún éxito de las mismas. Pues esa conducta, según Einstein, es la definición misma de la estupidez.

 

La primera función de un partido revolucionario es partir de la realidad efectiva de los hechos y de experiencias anteriores para la producción de subjetividad subversiva. Ese discurso subversivo no puede limitarse a los impulsos de pura protesta parcial. Tiene que enlazar esos impulsos con un programa global de cambio. Ha de señalar a los culpables de la catástrofe y ofrecer soluciones generales a la misma. Además, requiere una clara determinación espacial. La resumimos en dos palabras: España y Europa.

El Partido Nacional Republicano defiende la necesidad de arrebatar la causa de la Nación española a la monarquía borbónica y su régimen. Le niega que España deba seguir siendo un solar de expolio y putrefacción capitalista.

Nadie puede desconocer la dimensión nacional que tiene la lucha contra los actuales planes de ajuste capitalista. El torbellino de privatizaciones, liberalizaciones, de ataque generalizado a lo público, tiene como objeto el pase a manos de la finanza de todo el esfuerzo de múltiples generaciones de trabajadores españoles y la ruina de cualquier futuro de España diferente a su colonización.

El PNR identifica la causa de la Nación española con la causa de su pueblo trabajador, con todas las exigencias sociales y democráticas radicales que ello comporta. Los asalariados, autónomos y pequeños empresarios son los únicos creadores de riqueza de la Nación y, a la vez, el bloque social democrático por antonomasia; son la mayoría de la población. Somos, pues, españolistas; pero es el nuestro un nacionalismo político: republicano y socialista. Rechazamos tanto el concepto liberal de Nación, que la reduce a una suma de individuos en un mercado, según la ideología conveniente al capital financiero y oligopolista, como los nacionalismos étnicos neofeudales, promovidos para la defensa de burguesías regionales.

Proponemos el abandono del euro y la ruptura con la Unión Europea. No ocultamos que el triunfo de esa perspectiva  abriría un boquete en la vigente Eurolandia, para alentar el tránsito de la nueva España, junto con otras naciones, hacia una Europa autónoma, democrática y socialista.

Para nosotros, Europa no es un mero continente, ni una raza, ni unas religiones predominantes. Es ante todo el legado greco-romano de racionalidad que ha alumbrado la idea democrática, la ciencia y la técnica. Planteamos la “escisión” de Europa como forma de mantener ese legado europeo, con todas las renovaciones que sean necesarias.

 

La segunda función de un partido revolucionario es el aliento de la acción política de masas de los trabajadores, independiente de los cauces oficiales de tipo sindical o parlamentario, y la promoción de las formas de organización democrática de masas que ello exigirá, forzosamente de forma inestable durante un tiempo.

Proponemos una dinámica de luchas que desemboque en una rebelión nacional popular, focalizada en la toma de las calles: concentraciones, manifestaciones, asedio a instituciones y ocupación de las mismas. Con la participación de activos y parados, pensionistas, autónomos, estudiantes, amas de casa, pequeños propietarios… Hasta la defenestración de la monarquía y la instalación de un poder de la calle que abra el camino hacia la república española unitaria del Trabajo.

En plan defensivo, la huelga contra empresarios privados o contra el Estado como patrono sigue siendo de utilidad. Pero todos los ataques del plan de ajuste capitalista, instigados por la Unión Europea y el Fondo Monetario InternacionaI, vienen del gobierno central, de las Cortes y de los gobiernos y asambleas regionales. Esto plantea una lucha directamente política. Sólo puede zanjarse mediante un proceso de sublevación en las calles, y no mediante una huelga general, de raíz economicista y construcción mitológica, y menos aún en la versión civilizada de la misma que han promovido los grandes sindicatos.

La base de toda esta dinámica sólo pueden ser las asambleas en centros de trabajo y estudio, y los comités elegidos y revocables por las mismas, a lo que pueden sumarse asambleas y coordinaciones o juntas territoriales capaces de incorporar a todos los sectores lanzados a la lucha. Piquetes de huelga, por supuesto. Pero mejor hablar en general de piquetes de autodefensa, concebidos como destacamentos masivos de combate.

 

Proponemos hacer de la masa trabajadora española un Pueblo consciente y de ese Pueblo un Estado republicano democrático y centralizado dispuesto a explorar las sendas de un nuevo socialismo.

Todo esto implica una conmoción de los espíritus. El individualismo felicitario del bienestar siempre ha sido una mentira; pero ahora, además, ve carcomidas sus ilusiones bajo los golpes de la crisis. Debe ceder el paso a una moral de servicio a la verdad que se muestra de forma tozuda ante nuestros ojos. Y como este proceso topa con las persistentes inercias del pasado, el partido revolucionario debe aparecer inicialmente como partido de la discordia social.