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El PNR y el «nacionalsindicalismo auténtico»
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Un lector de nuestra página nos pregunta acerca de las diferencias entre la alternativa social y económica del Partido Nacional Republicano y el «nacionalsindicalismo auténtico». Con vistas a ese contraste, remite a un texto titulado “El capitalismo como modelo económico de la modernidad”, elaborado por Jorge Garrido San Román, que puede leerse en www.milenioazul.org/afondo001.htm

 

Un anticapitalismo medieval

Es sabido que la Falange inicialmente se limitó a importar programáticamente los esquemas del corporativismo mussoliniano (que, a la postre, fueron los implantados por Franco mediante los sindicatos verticales). Pero es cierto que, posteriormente, José Antonio Primo de Rivera llegó a considerar al corporativismo un «buñuelo de viento». Garrido San Román desarrolla de forma prolija los intentos de Primo de Rivera, a partir de 1935, de incorporar aspectos del ideario anarcosindicalista para ofrecer una alternativa al capitalismo. Ésta consistiría, básicamente, en «la entrega de la plusvalía al productor encuadrado en sus sindicatos». Algunos fascistas “de izquierda” italianos, como Ugo Spirito, llegaron a conclusiones similares, con la teoría de la «corporación propietaria».

En mi opinión, si esa alternativa se llevase radicalmente a la práctica, lo que resultaría sería un capitalismo monopolista sindical, tan opresivo como el capitalismo monopolista actual, y, probablemente, menos eficiente. Produce escalofríos el pensar en una organización socioeconómica por ramas de producción, propietarias de la misma, capitaneadas por personajes como Méndez y Toxo. Pues esto es lo que se produciría ineluctablemente. Las burocracias sindicales no son el fruto de perversiones o corrupciones de algunos individuos, o de ideologías determinadas. Tampoco son emanaciones de una aristocracia obrera pagada con los superbeneficios de la explotación colonial, como teorizó Lenin. Las burocracias sindicales son un producto orgánico obligado del desarrollo de los sindicatos. Esto es una fatalidad histórica. Como lo fue el que dirigentes de la CNT, enemiga mortal del Estado, en una coyuntura de guerra civil se trasformasen en ministros de un gobierno burgués-estalinista.

Transferencia de la plusvalía a sindicatos de rama, empresas autogestionadas, colectivizaciones ácratas, cooperatismo, etc. no son más que variantes de lo mismo: el ideal del «trabajador propietario de sus medios de producción» que introdujo Proudhon en la historia del movimiento socialista. Los marxistas lo denominaron «socialismo pequeño burgués». En realidad, es la ideología del artesano ofrecida como solución a las convulsiones del capitalismo.

Primo de Rivera no fue un artesano, pero sí un hombre profundamente imbuido por valores pertenecientes al mundo medieval. Desde esos valores es posible desplegar actitudes sinceramente anticapitalistas. Pero ese anticapitalismo no podrá enfrentarse jamás con éxito al capitalismo realmente existente, que ha reducido en todas partes a escombros el mundo feudal. Y que ha prolongado, de forma modificada, algunos de los valores e instituciones ya existentes en ese mundo. La propiedad privada, el mercado, la renta de la tierra y la usura –origen del moderno interés financiero– ya existían en ese mundo y mucho antes. Lo que ha hecho el capitalismo es elevar todas esas categorías e instituciones a la dominación y crear dos categorías nuevas: el beneficio empresarial y el moderno trabajo asalariado.

La extraña simpatía que han mostrado históricamente muchos falangistas hacia la CNT tiene como raíz una cierta comunidad de valores antimodernos. El PNR no es antimoderno; es futurista y ultramoderno. Pretende llevar a las últimas consecuencias las germinales aspiraciones de la Ilustración y la modernidad hacia el avance de la verdad racional, aspiraciones que aquéllas abandonaron por su necesidad de reproducir, mediante pastiches metafísicos o engendros seudocientíficos, los valores del individualismo, el hedonismo y el economicismo, sin los que no puede funcionar el sistema capitalista. Unos valores completamente irracionales, que disparan una espiral de barbarie creciente.

 

Un galimatías en torno a la cuestión de la propiedad

Primo de Rivera y, tras él, Garrido San Román acusan al capitalismo de destruir la propiedad privada. Ciertamente, el capitalismo ha nacido a través de un movimiento de destrucción de la propiedad privada individual –de pequeños agricultores, artesanos, etc.–. Pero lo ha hecho en favor de formas nuevas, más poderosas, de propiedad privada social, colectiva, que han dado lugar a los monopolios, oligopolios y a la dominación del capital bancario. Frente a la propiedad privada, sólo existe la alternativa de la propiedad pública, del conjunto de la comunidad nacional, a través de la titularidad estatal. El nacionalsindicalismo solo parece admitirla en un caso: la nacionalización de la banca. La propiedad en manos de los sindicatos de rama, en la versión más radical del nacionalsindicalismo, sería una nueva variante de propiedad privada colectiva, lo que reduce a la nada las pretensiones anticapitalistas de ese nacionalsindicalismo. No es posible superar al capitalismo por medio de los gremios.

 

Un socialismo mayor de edad

El PNR ha invocado el lema de un «socialismo mayor de edad», planteando con ello la necesidad de dejar atrás las enfermedades de adolescencia burguesa contraídas por los movimientos socialistas, tanto en su forma “libertaria”, como en su forma “autoritaria”.

Una alternativa realmente anticapitalista tiene como primer paso la estatización. Esto implica dar la espalda a los idearios sindicalistas revolucionarios y anarcosindicalistas. Pero el PNR no bendice cualquier estatización. Rechaza las “nacionalizaciones” que en ocasiones implantan los regímenes capitalistas: implican incursiones parciales de la propiedad estatal, pagadas por todos los contribuyentes, en beneficio de la estabilidad del conjunto del sistema burgués, y suelen desembocar en posteriores reprivatizaciones. El PNR se refiere a la estatización de los grandes instrumentos de producción y cambio, sectores estratégicos y grandes servicios, instaurada por una república nacional asentada en el Trabajador.

Pero aquí se impone un segundo paso: desembarazar la estatización del lastre marxista-leninista. La estatización debe abrir paso a la socialización. Es vital evitar que la supresión del poder del gran capital se realice en beneficio de un Partido-Estado, que desde el principio hace funcionar a los grandes medios de producción como estructura de propiedad privada colectiva en manos de una burocracia política. Y al final, esa burguesía de Estado, no contenta con privilegiar su consumo y depositar grandes fortunas en los bancos “imperialistas”, termina por recabar todas las prerrogativas de la burguesía “normal” y se reparte los medios de producción, reconstituyendo formas mafiosas de capital financiero y oligopolista. Esto es lo que ha ocurrido de forma traumática en la URSS y terminará ocurriendo en China, Cuba, etc. por más que intenten aplazarlo.

Para que la estatización de los grandes medios de producción, condición necesaria de la superación del capitalismo, inaugure las vías de la socialización, es preciso garantizar que el gigantesco excedente creado por el trabajo adquiera la forma de fondo comunitario nacional, asignado de forma democrática según convenga a los intereses generales, económicos y no económicos. Para ello es necesaria una movilización total, imposible sin una vigilancia democrática radical, tanto a nivel institucional global como en los lugares de trabajo.

No se trata, por tanto de volver hacia atrás, sino de llevar hasta el fin tendencias que la propia existencia de la Técnica impone al capitalismo. Una de ellas es la disociación entre titularidad de la propiedad y gestión. El socialismo implica propiedad estatal más gestión por consejos de trabajadores (de todas las categorías de los mismos, no sólo del “proletariado”, que en sentido estricto engloba tan sólo a los trabajadores industriales manuales, con simples funciones operativas). E implica libertad de partidos políticos nacionales y benéfico pluripartidismo socialista.

 

Lo que no puede ser no puede ser y además es imposible

El socialismo es imposible sin vinculación a las formas más radicales de democracia republicana. Esto entra en contradicción frontal con el proyecto medular de Falange, al que no se refiere Garrido San Román: constitución de una orden medieval, cuyos miembros son «mitad monjes, mitad soldados», que se da como programa la «abolición de todo parlamento conocido» y supresión de todos los partidos políticos.

En suma: economía anarcosindicalista más Estado de partido único e ideología tradicionalista. Hasta Franco, que algunos consideran un hombre inculto, advirtió que esto no podría funcionar. Montó una dictadura militar-clerical, orlada durante un tiempo por el «acompañamiento coreográfico de las camisas azules», y apuntalada por diversas estructuras de corte fascista. Todo ello al servicio de la promoción de un capitalismo nacional. En cuanto a las estructuras fascistas, al final se reducían al sindicalismo vertical, cuya base de enlaces y jurados estaba copada en muchos sitios por las Comisiones Obreras. Una manifestación sin igual de la ley de desarrollo desigual y combinado.